1917-2017: Rusia no quiere celebrar derrotas

Por Alberto Hutschenreuter*

El 8 de noviembre pasado se cumplieron cien años de uno de los grandes acontecimientos del siglo XX: la Revolución de octubre de 1917, es decir, la mal denominada revolución y toma del poder por parte de los bolcheviques.

La Revolución Rusa fue la de febrero de ese año, cuando el zar Nicolás II abdicó, poniendo así fin al largo ciclo de monarquía absoluta iniciado en 1613 con la llegada al poder de Miguel Romanov. A partir de entonces, un gobierno provisional de cuño socialdemócrata asumió el mando político en una Rusia cada vez más convulsa.

En cuanto a la denominada toma del poder por parte de los sediciosos encabezados por Lenin, se trata de un error pues en octubre, como muy bien destaca el experto Moshe Lewin, no hay poder ya en Rusia, sino solo una fachada. En sus palabras, “La idea de que los bolcheviques ‘tomaron el poder’ (de alguien) ignora completamente la realidad: nadie tenía poder alguno del que pudo verse despojado. No solo los bolcheviques no le arrebataron el poder a nadie, sino que lo tuvieron que crear”.

Más allá de estas necesarias clarificaciones, sin duda la Revolución Rusa es uno de los cuatro grandes hechos que explican el siglo XX junto con las dos guerras mundiales y el proceso de descolonización, según nos explica el historiador ruso Roi Medvedev.

No obstante el acontecimiento mayor, en la Rusia de hoy el hecho oficialmente  no se conmemora, si bien sí lo han hecho las agrupaciones comunistas en Rusia y en otras partes del mundo.

Hay varias razones que explican por qué las autoridades rusas no conmemoran la Revolución Rusa.

En primer lugar, para la juventud rusa el hecho no solo es poco conocido y relevante, sino que se lo ubica en el pasado protohistórico del país. Es raro en la Rusia actual encontrar jóvenes (e incluso no tan jóvenes) que puedan describir con precisión los acontecimientos de aquel “año estratégico” en Rusia y en el mundo.

Por otro lado, en 1917 no solo terminó el régimen zarista, sino que los conspiradores de 1917 el año siguiente ordenaron exterminar a toda la familia real. Como muy señala el historiador Ernest Nolte “Nunca antes en la historia de Europa había ocurrido un acto de esta naturaleza; no era posible compararlo con las ejecuciones de Carlos I y Luis XVI, puesto que el rey inglés estaba combatiendo a los puritanos de Cromwell con el arma en la mano y el francés realmente había conspirado con el extranjero; además ambos fueron sometidos a juicio y solo el ‘terreur’ francés brindaba una analogía que distaba mucho de la eliminación de toda una familia”.

En tercer lugar, si el régimen bolchevique asaltó un poder, ese asalto fue al poder de los “soviets”, es decir, a los consejos desarrollados naturalmente desde las bases del pueblo años antes de 1917, en cuyo seno se daba una auténtica participación política abierta. Lenin y los suyos no se pusieron al servicio de los soviets sino que los penetraron y los convirtieron en instrumentos de los órganos de coerción bolchevique. Por ello, el historiador británico Paul Johnson sostuvo que mientras “Hitler sedujo a los alemanes” para llegar al poder, “Lenin violó a los rusos” para afirmar su poder.

En cuarto lugar, el ciclo de “comunismo de guerra” que el poder bolchevique puso en marcha entre 1917 y 1921 fue tan extremo que casi desapareció la sociedad civil en Rusia; posteriormente, a partir de 1927 un nuevo ciclo de “comunismo de guerra” o “revolución desde arriba” implicó un estado de violencia y coerción, con tremendos costos humanos y materiales, que se extendió hasta la guerra con Alemania, cuando el régimen necesitó aflojar las riendas y fortalecer el nacionalismo, el heroísmo y la tradición para hacer frente al enemigo externo.

Finalmente, acaso la cuestión más importante en relación con la posición del gobierno de Putin de no conmemorar el centenario, la derrota de Rusia ante Alemania en la Primera Guerra Mundial, derrota que quedó categóricamente sellada con la Paz de Brest Litovsk, un verdadero “diktat” que privó a Rusia de un cuarto de su población y de su tierra cultivable.

Pero antes de esta derrota hubo otra que fue catastrófica para Rusia: ante Japón en 1904-1905, un hecho que forma parte de los antecedentes de la Revolución Rusa, pues fue un acontecimiento que, junto a varios otros, contribuyó a afirmar el proceso de descomposición de la autoridad en Rusia, proceso que para el profesor Orlando Figes comenzó en 1891 con la gran hambruna en la región del Volga.

En buena medida, el siglo XX se inició con aquella confrontación estatal de escala y acabó con la desaparición de la Unión Soviética en 1991. En este sentido, fue un siglo ruso-soviético marcado por humillantes derrotas y catástrofes.

Pero en medio de estos dos grandes acontecimientos se halla la “Gran Guerra Patriótica”, esto es, la lucha del pueblo soviético entre 1941 y 1945 para evitar que la Unión Soviética se convirtiera en un “lejano país asiático” cuyas mejores tierras cultivables y zonas de recursos estratégicos pasarían a ser de la Alemania nacionalsocialista. De allí que, sin duda, la de Alemania fue “la ambición geopolítica del siglo”; pero el precio fue el principio del fin.

Es esta lucha y esta victoria la que Rusia más que nunca quiere conmemorar y mantener en la memoria de los rusos por sobre otros hechos trascendentales.

En este contexto, resulta pertinente recordar la advertencia que hizo Putin en 2005 cuando se cumplieron 60 años del fin de la Segunda Guerra Mundial: “La desintegración de la URSS fue una catástrofe geopolítica”. Dichas palabras no significaban que Rusia añoraba la URSS, como muchos entendieron, sino que advertían que Rusia, ante el avance de la OTAN y otras iniciativas estratégicas de Occidente, podía verse en problemas para retener o recuperar lo que aquella había logrado en 1945: poder, influencia y deferencia.

En suma, después de un siglo de derrotas y turbulencias, que se extendieron en tiempos de la “nueva Rusia” de los años noventa, la dirigencia solo quiere evocar la gesta nacional y militar, la única del siglo junto con otra poco recordada victoria ante Japón en 1939, pero tan decisiva y concluyente que convirtió a un déspota como Stalin en un realista supremo y estadista, “el Richelieu de su época” como lo calificó Kissinger, y a la URSS en uno de los dos grandes poderes del mundo.

*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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