Cataluña y los demás según los intereses

Por Alberto Hutschenreuter*

Ya sabemos (en verdad, siempre lo supimos) que en España ninguna de las regiones, no solo Cataluña, podrá decidir saltar las leyes mayores, salirse del reino y convertirse en un país independiente.

Ya sabemos que por ahora y por mucho tiempo Cataluña continuará siendo una región con importantes cotas de autonomía, pero perteneciente a España. Solo resta aguardar que no sucedan hechos violentos y que las elecciones vuelvan a resituar a Cataluña en el orden y la legalidad.

Ahora bien, consideremos más allá de este caso otras situaciones donde la legalidad relativa con la integridad territorial no mereció tanta deferencia y reverencia.

Por caso, Croacia: a fines de diciembre de 1991 Alemania, no la entonces Comunidad Económica Europea (que lo hizo días después), reconoció rápidamente la independencia de Croacia y Eslovenia, que formaban parte de la Federación de Yugoslavia. Si bien la Federación se encontraba en un estado de guerra como consecuencia de los nacionalismos contenidos por décadas, y de la cual prácticamente no había retorno, ningún país europeo sostuvo entonces la necesidad de mantener la integridad territorial. Tampoco se defendió la propuesta hecha por Zagreb en 1990 (cuyo rechazo por parte de Belgrado implicó la guerra) en relación con lograr un mayor margen de autonomía para las repúblicas con el fin de crear una confederación.

Salvando diferencias, la rapidez con que Berlín reconoció la independencia hizo pensar en una Alemania donde la geopolítica parecía volver a su sitio de origen (Croacia fue tradicionalmente un espacio de influencia alemán), y hasta recordó la tutela alemana bajo la que fue proclamado el Estado de Croacia en 1941.

Hacia el final de aquella década, la legalidad territorial de Serbia sucumbió no solo por la voluntad de la provincia de Kosovo de separarse de Belgrado, sino porque la OTAN,  sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, intervino con el propósito de hacer efectiva la separación de Kosovo de Serbia. Entonces, Europa no solo no dijo nada sobre la ruptura de la integridad territorial, sino que participó militarmente para asegurar y amparar la separación, aunque “el poder salido de la boca del cañon” (municiones, poder aéreo e inteligencia electrónica) corrió por cuenta casi íntegramente de Estados Unidos.

Más recientemente, Ucrania, país independiente y participativo no miembro de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), fue “estimulada” por Occidente para ser parte del espacio económico (y eventualmente de su cobertura política-militar), hecho que condujo a una situación de crisis que implicó el fraccionamiento territorial de Ucrania y la guerra en la parte oriental del país, donde, eventualmente, podrían surgir “nuevas crimeas” de reactivarse o continuarse aquella muy riesgosa “política de seducción”).

En estos casos, ¿fueron acontecimientos espontáneos? ¿No primaron los intereses por sobre los marcos legales estatales? Más allá de la incompatibilidad nacional, cultural y religiosa que existía en la ex Yugoslavia, ¿no hubo una  política destinada a fraccionar el país y especialmente a Serbia, un tradicional aliado de Rusia?

Nadie por aquellos años en Europa se refirió a la defensa de la integridad territorial, sobre todo teniendo presente que se trataba de un espacio ubicado en Europa, donde la intangibilidad de las fronteras era un cuestión casi incuestionable.

En relación con Ucrania, ¿desconocía acaso Occidente que al “estimular” a ese país-pivote provocaría a Rusia, país para el que Ucrania, Bielorrusia y Georgia son líneas geopolíticas rojas (es decir, suponen la movilización de los recursos militares si hay amenaza de alejarlos de Rusia)? ¿Ha olvidado Europa, donde nació la geopolítica, las claves de la geopolítica como para cometer semejante falta?

Más allá del escenario europeo hay otros casos donde podríamos hacernos preguntas sobre la “santidad” del principio de integridad territorial.

Siria, Libia, Irak…

En Siria no se respetó el principio de la integridad territorial del Estado, sino que se favoreció la fisión territorial con el propósito inicial (porque hoy hay algunos cambios) de sacar a Bachar el Asad del poder. Hasta se consideró una suerte de “balcanización” del país, es decir, un centro debilitado.

En cuanto a Libia, la remoción de Gadafi a través de la intervención militar, cuya misión fue trocada durante el despliegue de la misma, implicó que hoy no haya una Libia sino “tres libias”, con las consecuencias que ello trae. No hacemos aquí ningún tipo de juicio sobre el régimen encabezado por aquel (dicho sea de paso, régimen “coqueteado” antes por varios líderes europeos); solo consideramos políticas centradas en intereses.

Por último, la intervención (sin autorización del Consejo de Seguridad) de Estados Unidos en Irak en 2003, bajo pretexto de que allí había armas de exterminio masivo y que Sadam Hussein mantenía vínculos con el terrorismo transnacional, implicó finalmente la casi fractura territorial del país. Más aún, la desintegración del Estado iraquí implicó que buena parte de la inteligencia y el ejército se sumará posteriormente al ISIS.

Claro que podríamos proseguir la cuestión saliéndonos de Occidente y preguntarnos sobre otros actores que, en principio, defienden la integridad de los Estados. Pero ante el caso de Cataluña, Europa viene “dando cátedra” sobre el respeto a dicho principio como baza de convivencia y estabilidad.

En suma, sin analizar aquí los por qué de esos casos y sus resoluciones, sin duda que es atendible y entendible la defensa de Europa de la integridad territorial, mucho más tratándose de la de sus miembros. Pero, ¿no existe una política de doble rasero cuando se siguen otras situaciones donde dicha integridad no mereció el más mínimo miramiento?

A veces las relaciones internacionales son relaciones de derecho. Pero la más de las veces son relaciones de poder, influencia e intereses.

*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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