¿Existen similitudes entre Cataluña y la fragmentación yugoslava?

Todo lo que puede aprenderse de la experiencia de Yugoslavia.

Un sector de la opinión pública asume que Estados Unidos planeó acabar con Yugoslavia. En realidad, la administración estadounidense preguntada por este extremo antes de la independencia de Eslovenia y Croacia, vino a decirle a los líderes locales que ellos defenderían la democracia y también la unidad de Yugoslavia, pero que si había que elegir entre una de las dos, se decantaban por la democracia. Un mensaje que venía a legitimar las democracias étnicas y, por ende, los independentismos que se habían hecho valer con las primeras elecciones multipartido en Yugoslavia.

La situación en Cataluña ha despertado los paralelismos con los Balcanes, porque en esencia los secesionismos, secesionismos son. En política no se puede evitar que una de las partes interesadas alegue precedentes, y por ese motivo se ha abierto de nuevo el debate entre democracia y unidad nacional al calor de la situación en Cataluña. Sin embargo, ¿cuánto hay de verdad en la comparación entre la situación vivida en Yugoslavia y la que se afronta en Cataluña?

Desequilibrios económicos. Durante la década de los 40 la renta eslovena era cuatro veces superior a la kosovar. Llegados a los 80 ya llegaba a ser ocho veces superior. No obstante, más grave fue la velocidad con la que cayeron los estándares de vida en Yugoslavia. En 1980 el extinto país representaba un 49% del PIB per cápita español –Eslovenia se encontraba casi en la media española–. Diez años después solo representaba el 26% del PIB español. El diferencial en una década da cuenta de la gravedad de la crisis, traducida en una deuda de 19.000 millones de euros. En Cataluña en 2016 el PIB por habitante fue de 28.590, en Andalucía de 17.651. Los desequilibrios económicos en la geografía española no son comparables.

La naturaleza del problema. El conflicto abierto entre el hegemonismo serbio, por un lado, y el secesionismo esloveno y croata, por otro, rompió Yugoslavia. Este conflicto estaba fuertemente polarizado entre los frentes nacionales, que actuaron, súbitamente, con la crisis yugoslava, de una forma compacta, sin grandes divergencias endógenas, mientras que dentro de la propia sociedad catalana se viene produciendo la polarización entre fidelidades nacionales. No parece que el origen étnico marque las divergencias catalanas. La crisis yugoslava supuso que la clase trabajadora serbia o croata, en cada república, se transformara en grupo nacional serbio o croata repartido por el territorio federal. Si nos centramos solo en la independencia kosovar, las cargas policiales o la sensación de opresión sentida por parte de la sociedad catalana dista mucho en gravedad de las medidas de serbianización y restricción de autonomía implementadas por Milošević al final de los 80 que, junto a la determinación del secesionismo albanés, sirvieron para que la declaración unilateral de independencia kosovar fuera más antiserbia, proalbanesa o proamericana que prokosovar.

¿Existen similitudes entre Cataluña y la fragmentación yugoslava?

Un hombre carga una bandera de la extinta Yugoslavia en Belgrado. Serbia. Andrej Isakovic/AFP/Getty Images

Derecho de autodeterminación. La Constitución de 1974 establecía que el derecho de secesión correspondía “a las naciones de Yugoslavia”, aunque establecía varios mecanismos para impedirlo. Uno de ellos era que cualquier modificación de fronteras dependía de la Federación y de todas las repúblicas yugoslavas. La regulación internacional permite el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero el Derecho constitucional español no contempla la secesión de una parte de su territorio. Solo Etiopía y la del Archipiélago de San Cristóbal y las Nieves incluyen este derecho en sus constituciones. El Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, en relación al caso kosovar, dictaminó que la declaración no violaba el derecho internacional porque este derecho no estaba regulado.

Federalismo sin democracia. Yugoslavia era un sistema federal, con un elevado grado de autonomía. Aprobado por la Constitución de 1974, la Voivodina y Kosovo, formando parte de la República Socialista de Serbia, podían vetar las decisiones adoptadas a nivel federal y republicano, alternativa que no ostenta Cataluña en relación a España. Sin embargo, aunque el grado de autonomía catalana es inferior, por decir, al de Croacia o Macedonia en Yugoslavia, los derechos y libertades de sus ciudadanos son muy superiores, empezando por el derecho de asociación, libertad de expresión y elecciones libres. La crítica al Estado desde el catalanismo por antidemocrático no supera la comparación con Yugoslavia, al que los expertos tratan de Estado autoritario.

El trauma bélico. La población yugoslava vivió tres guerras de largo alcance antes de la fragmentación. En 1991 había población que había vivido la Segunda Guerra Mundial donde una de cada ocho personas perdió la vida (una de cada 125 en Gran Bretaña). El genocidio ustaše contra la población serbia, judía y roma, la terrible guerra interétnica que se produjo durante la ocupación nazi y la ausencia de un relato nacional consensuado sobre la guerra, no terminó de fracturar a la sociedad yugoslava, pero sí lo logró la utilización interesada del trauma por políticos, intelectuales y oportunistas durante la crisis del modelo político. No existe un legado de estas dimensiones en Cataluña, aunque el franquismo siga sirviendo como agravio para la causa independentista 40 años después de la muerte de Franco.

Legitimidad internacional. La caída del muro de Berlín y el consiguiente colapso de los sistemas de tipo soviético sentó las bases para la fragmentación yugoslava. Alemania apostó por las independencias de Eslovenia y Croacia basándose en sus propios intereses nacionales, los vínculos histórico-económicos y su reciente integración en el espacio internacional tras la unificación, en un contexto donde el Tratado de Maastricht no había sido firmado aún y la UE tenía todavía menor capacidad de maniobrar unitariamente que ahora. Cataluña hasta el momento no disfruta del apoyo de ningún padrino internacional, entre otros motivos porque se encuentra dentro de España, que está integrada en dos organizaciones de gran alcance como la UE y  la OTAN. La declaración de independencia kosovar, desde el primer momento, se produjo a sabiendas con el apoyo de EE UU, Gran Bretaña, Francia o Turquía.

Resistencias. Las independencias eslovena y croata fueron de naturaleza diversa. Eslovenia tenía una inmensa mayoría de población eslovena. En Croacia había una importante población serbia que se había negado a pertenecer a un nuevo Estado croata, formando para ellos sus propias repúblicas no reconocidas, pero apoyadas en un primer momento desde Serbia. La baja resistencia que ofreció Slobodan Milošević y el Ejército Popular Yugoslavo a Liubliana y a Zagreb, aunque la guerra multiplicara su intensidad por el territorio croata, por Dalmacia, la Krajina y Eslavonia oriental, está fundamentada en que desde Belgrado se privilegió la construcción de una hegemonía nacional, formada por los serbios de las diferentes repúblicas, que no implicaba oponerse necesariamente a las independencias croata y eslovena. El Gobierno central español se opone radicalmente a la independencia catalana.

Hay similitudes. Tanto el gobierno de Artur Mas, y después de Carles Puigdemont, han utilizado el soberanismo para canalizar las tensiones sociales producidas por la grave crisis económica de 2008. Las élites yugoslavas prefirieron utilizar la carta nacionalista antes que implementar las medidas de choque, tan costosas e impopulares, que les hubieran hecho perder el poder. La instrumentalización del nacionalismo para encubrir la corrupción, la mala gestión o los fracasos políticos, desviando la atención hacia la confrontación identitaria o el victimismo nacional es una estrategia habitual, recurso de la clase política tan falta de soluciones como ávida de construir su propio chiringuito.

Y, sin embargo, el ciclo de contestación popular desde el independentismo catalán está ahí, representado por un número suficientemente elevado de población, entregada a la causa, como para que haga falta algo más que la judialización de la política. Mientras se plantean soluciones cortoplacistas en pro del orden y la ley para mantener la estabilidad y se persigue desde el independentismo la confrontación con el Estado, la experiencia yugoslava debería al menos enseñarnos que los problemas más tarde o más temprano se vuelven a revelar, pero con menos margen de maniobra, obligando a las partes a concesiones cada vez más gravosas que adoptan la forma de humillaciones para los implicados.

Desde luego, y la historia del siglo XX es una buena lección de ello, las banderas ni evitan la corrupción, ni reducen las desigualdades, ni combaten el frío. El nacionalismo convirtió el siglo XX europeo en un infierno, y si no logramos compararlo con el momento presente, al menos, no volver a caer en él, que el desenlace sea muy diferente como consecuencia de nuevas formas de hacer política que no estén basadas en el nacionalismo, la lengua o la identidad.

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