La geopolítica exigirá definiciones realistas a Alemania

Por Alberto Hutschenreuter*

Casi no existen dudas sobre la continuidad de Angela Merkel al frente de Alemania. Más allá de las cuestiones de orden socio-económico que todavía esperan respuesta, por caso, la precariedad laboral y la desigualdad social, la líder de la Unión Cristiano Demócrata ha realizado una aceptable gestión económica y dispondrá de un nuevo ciclo de gobierno en el país económicamente más fuerte de la Unión Europea y cuarto en el mundo, después de Estados Unidos, China y Japón (estimándose que para 2021 se ubicará en el quinto lugar debido al adelanto de India, y en el noveno para el 2050, según un reciente estudio de PricewaterhoseCooper).

De manera que, más allá de la (poco abordada) vulnerabilidad que implica depender cada vez más comercialmente del mundo, el frente interno no solo no es el problema, sino que se espera que en los próximos años Alemania supere el crecimiento económico de los años anteriores (1,6 por ciento en 2015, 1,9 en 2016), afirme su superávit público e incremente las inversiones, sino que alcance pronto un nivel récord en materia de empleo.

En estos términos, evidentemente Merkel ha sabido comportarse en “clave social” desde una fuerza política conservadora, al punto que uno de los desafíos del sistema político alemán para los años venideros será contar con una fuerza que responda a las demandas moderadoras que ya no se pueden encontrar en “estado puro” en el partido oficial.

El debate en tiempos electorales no ha sido demasiado amplio en materia de política exterior y en materia de defensa, segmento del que poco se habla pero en el que también existen preocupantes vulnerabilidades como consecuencia de capacidades y equipos en mal estado.

Quizá en el segmento de la política externa no haya demasiado que decir, pues el patrón sigue siendo continuista, es decir, una política exterior orientada a la resolución de conflictos, fortalecimiento de las instituciones multilaterales y el derecho internacional, etc. Si bien es cierto que bajo diferentes signos políticos Alemania ha priorizado líneas exteriores basadas en el “interés nacional primero”, por ejemplo, cuando dijo no a la intervención en Irak o cuando se abstuvo de votar la resolución del Consejo de Seguridad que autorizó la intervención en Libia, nada indica por ahora que Alemania vaya a cuestionar su pertenencia al espacio atlanto-occidental y marche hacia la autonomía y la “diversidad geopolítica”.

Sin embargo, surgen interrogantes en relación con las reales posibilidades de sostenimiento del propósito que mantiene Alemania como “potencia civil de base económica”, esto es, portadora de “la misión” de civilizar las relaciones internacionales (o más apropiadamente interestatales) por medio del amparo y promoción del derecho internacional.

En tal caso, estaríamos ante un nuevo paradigma internacional, pues la experiencia no registra semejante estatus que, básicamente, implicaría un importante despliegue de habilidades no militares. Una vez más, se estarían consagrando esfuerzos en dirección de un objetivo sin considerar hipótesis de fracaso.

Por caso, cómo se compatibilizaría ese afán internacional en un mundo que no solo no da señales de ir en esa dirección, sino, por el contrario, en mantener patrones de reafirmación y autoayuda nacional, es decir, las constantes que siempre restringieron y condicionaron el “modelo institucional” o “normativo”.

En otros términos, Alemania pretende que las relaciones entre Estados sean relaciones de derecho por sobre relaciones de poder, y para ello recurre a sus condiciones de “soft power”, es decir, despliegue de estrategias civiles, como bien señala la especialista Martha Quiroga.

Acaso el ejemplo más concluyente de las restricciones a esa loable ambición internacional es lo que sucede en Europa centro oriental, su tradicional espacio de influencia y proyección.

Allí el “pluralismo geopolítico”, es decir, el respeto de los intereses territoriales de los Estados ha sido y es una ficción: más allá de las discusiones sobre la responsabilidad de la crisis actual, tanto la OTAN como Rusia han procedido de acuerdo a la defensa y promoción de sus intereses, no del derecho. La OTAN a través de una estrategia de prevención geopolítica y acumulación militar destinada a acotar un eventual nuevo desafío ruso a la supremacía occidental; Rusia a través la guerra (en Georgia) y el desmembramiento territorial (en Ucrania).

Otro interrogante que posiblemente exigirá definiciones a Alemania es la futura reconfiguración geopolítica y geoeconómica del globo.

La “imagen” de un dinámico espacio euroasiático impulsado sobre todo por las necesidades estratégicas de China es uno de los seísmos internacionales que tendrá lugar en las próximas décadas. Ello exigirá que muchos países ajusten y aprovechen su ubicación, siendo Alemania uno de los actores sobre los que pivoteará ese mega-espacio de complementación.

En efecto, desde su ubicación centroeuropea Alemania sería el puente entre Asia, Rusia y Europa. Pero este escenario exigirá de Berlín una diplomacia que no afecte demasiado el anclaje a Occidente ni despierte temores en otros actores ante lo que se podría percibir como una “nueva vía alemana”.

*Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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