EEUU, sin soluciones militares viables en Corea

Si algo han demostrado la sexta y mayor prueba nuclear de Corea del Norte, que provocó un terremoto de 6,3 grados, y el lanzamiento de un misil balístico sobre territorio japonés es el fracaso de todos los intentos de Estados Unidos por detener el programa nuclear del régimen de Pyongyang, que lo ha inscrito en su Constitución como un derecho defensivo irrenunciable.

Desde 2011, Kim Jong Un ya ha realizado 80 lanzamientos de misiles y pruebas nucleares, frente a los 20 que realizó su padre, Kim Jong Il. La historia reciente ha demostrado a Pyongyang que los países (Ucrania) o los líderes (Sadam HuseinMuamar Gadafi) que renuncian a las armas de destrucción masiva lo hacen a su cuenta y riesgo. Desde 1945, ningún país con armas atómicas ha sido invadido.

En la cumbre de los BRICS en Xiamen, que coincidió, no por causalidad, con la prueba nuclear, Vladimir Putin afirmó que Corea del Norte, que perdió el 20% de su población durante la guerra de Corea (1950-53), preferirá “comer pasto” antes que renunciar a sus armas atómicas. En los años noventa, Pyongyang ya dejó que el 10% de su población muriera de hambre antes de ceder a la presión internacional.

Aunque el secretario de Defensa de EEUU, James Mattis, insiste en que todas las opciones, incluidas las militares, están sobre la mesa, lo cierto es que la de un ataque preventivo para borrar del mapa las instalaciones y arsenales nucleares norcoreanos no tiene ninguna garantía de éxito, al estar dispersos en un sofisticado sistema de túneles subterráneos. Sus misiles de largo alcance han sido lanzados desde plataformas móviles.

Según fuentes de inteligencia, Pyongyang tiene entre 30 y 60 armas nucleares, un millar de misiles y entre 2.500 y 5.000 de toneladas de armas químicas –gas sarín y el agente nervioso VX incluidos–, un formidable poder destructivo que podría desencadenar sobre Seúl y Tokio.

Debido a que EEUU tiene desplegados casi 30.000 efectivos militares en Corea del Sur y otros 50.000 en Japón, cualquier señal de su evacuación sería interpretada por los norcoreanos como la prueba de un ataque inminente.

La retórica belicosa de Donald Trump solo agrava las cosas. Cada vez que amenaza con desatar una tormenta de “furia y fuego” sobre Corea del Norte, lo único que consigue es reforzar su paranoia y convicción de que se enfrenta a la hostilidad de un enemigo implacable, con lo que la escalada verbal diluye la credibilidad de EEUU sin reducir tensiones.

Como táctica para forzar el regreso de Pyongyang a la mesa de negociaciones, es un juego muy peligroso que aumenta el riesgo de malinterpretaciones y errores de cálculo mutuos, que, como recuerda Gideon Rachman en Financial Times, precedieron a todas las grandes guerras del siglo XX.

La amenaza de Trump de paralizar el comercio con los países que hagan negocios con Pyongyang es también inviable: implicaría castigar en primer lugar a China, responsable del 90% del comercio exterior norcoreano. El comercio bilateral sino-americano fue de 650.000 millones de dólares en 2016.

Ninguno de los otros actores implicados en la crisis –China, Japón y Corea del Sur– tiene mejores opciones. El margen de maniobra de Pekín está limitado por su temor al colapso del régimen norcoreano. Si Pekín ha apoyado las sanciones de la ONU lo ha hecho como un castigo a Pyongyang, no porque crea que son un medio efectivo para lograr su desarme. Con su última prueba nuclear, Kim humilló personalmente al presidente chino, Xi Jinping, que en ese momento presidía la cumbre de los BRICS. Aun así su reacción fue moderada. No es extraño. La sola existencia del arsenal nuclear norcoreano hace aún más difícil el repliegue militar de EEUU de la región Asia-Pacífico, uno de los objetivos geopolíticos estratégicos de Pekín.

El problema para China es que cualquier cambio del statu quo conduciría a una mayor presencia militar de EEUU en la península. Cheng Xiaohe, experto en Corea del Norte de la Universidad de Renmin en Pekín, admite que “China ha sido arrinconada”.

Si hay guerra, Corea del Sur –duodécima economía del mundo y sexta potencia comercial– dejaría de existir en su forma actual. Incluso una pequeña bomba nuclear arrojada sobre Seúl provocaría millones de muertos por la explosión y el envenenamiento radioactivo posterior.

El gobierno de Tokio tampoco tiene medios para templar la agresividad norcoreana más allá de declaraciones de indignación. Japón y Corea del Sur tienen centrales nucleares muy concentradas geográficamente, lo que las haría un objetivo prioritario de cualquier ataque. Más allá de los costes humanos, los desastres de las centrales de Chernobyl y Fukushima alcanzaron cientos de miles de millones de dólares en el sellado de los reactores, la limpieza de los residuos nucleares y la recolocación de las poblaciones locales.

Antes de ser despedido por Trump, Stephen Bannon, su exestratega jefe, reconoció en una entrevista que no hay opciones militares: “They got us”, dijo, algo así como ya han ganado. Washington y Seúl han rechazado la propuesta de China y Rusia de suspender sus ejercicios militares conjuntos a cambio de una congelación del programa nuclear y balístico norcoreanos.

Todo ello significa que el desenlace más probable quizá sea una combinación de disuasión y contención durante el tiempo necesario. Incluso se puede prever el fin de la guerra coreana con un tratado de paz –actualmente solo rige un armisticio– y un ajuste menor de la presencia militar de EEUU en la península a cambio del fin del aislamiento de Pyongyang. Siempre hay la esperanza de que en último término la diplomacia rinda sus frutos. El problema es que, en los últimos tiempos, el mundo no ha tenido tanta suerte.

Fuente:

#ISPE 1049. 11 septiembre 2017

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