Venezuela: un caso internacional inexplicable

Por Alberto Hutschenreuter*

Hay varias realidades que hacen de la caótica Venezuela un caso con características inexplicables. Una extraña situación en materia de “Estado en estado crítico” que se desmarca de otros casos que han tenido y tienen lugar en el mundo. Consideremos al menos tres características.

En primer término, el régimen no ha logrado construir ningún mecanismo de legitimidad.  Está claro  que la “legitimidad de origen”, es decir, las elecciones libres como base de los poderes del Estado, ha sido barrida. Pero convertido en autoritario, el régimen no logró una “legitimidad por resultados”, esto es, una gestión aceptable de gobierno en relación con las demandas básicas de los ciudadanos, para expresarlo en los términos de Robert Dahl.

Tradicionalmente, en América Latina las seudo-democracias lograban una relativa aceptación social en base a proporcionar bienes o beneficios económicos, es decir, se daba una suerte de “trueque” o “pacto implícito”  entre poder y gobernados basado en cierta compensación económica por parte de aquellos que habían secuestrado la política. Por años esta transacción o “Quid pro quo” explicó la realidad de México en tiempos de la predominancia del PRI y también en alguna medida la Venezuela del “Pacto de Puntofijo”.

En otros términos, Venezuela, un país de alta viabilidad y desarrollo relativo en América Latina (junto con México, Brasil y Argentina) y en el globo, no califica siquiera bajo mínimo como un “autoritarismo exitoso”. Si en verdad existe en el mundo lo que en Europa denominan una “fatiga democrática”, esto es, el rechazo de la democracia liberal y su sustitución por algún “modelo” de autoritarismo de cuño populista como baza de logros económicos, Venezuela es un concluyente caso de fracaso, caos e incertidumbre.

Venezuela se encuentra en el peor de los mundos: afronta una crisis política de escala, una crisis social de escala, una crisis económica de escala, una crisis de seguridad de escala, mientras que global, continental y regionalmente se halla cada vez más aislada. Y esta situación de crisis generalizada con los activos geoeconómicos de un país como Venezuela, es la segunda característica a resaltar.

En 2016 el PBI de Venezuela se contrajo casi un 20 por ciento; las perspectivas para 2017 cifran en más de un 10 por ciento la contracción y para 2018 en (al menos) 6 por ciento. Se trata de cifras de un país colapsado e inviable. Resulta interesante tener presente que en su peor momento socioeconómico, en 1923, Alemania sufrió una caída del 17 por ciento en su PBI. Por su parte, entre 1930 y 1933, los peores años de recesión en Estados Unidos, el PBI de este país se contrajo un 30 por ciento. Solo la Rusia de los años noventa tuvo un fuerte descenso socioeconómico, aunque no se llegó a la convulsión social.

Este descenso económico del país, que en 1980 alcanzó el PBI per cápita más alto de América Latina, explica las carencias básicas, desde medicinas hasta alimentos, como así el notable éxodo (que ya está provocando una crisis regional) y demanda de asilo de los venezolanos en todas las direcciones.

El petróleo es el activo estratégico que hace que Venezuela califique como un “Estado pivote global”. Pero la “gestión” del régimen ha llevado a la increíble situación en la que el país, como bien advirtió un economista, “ya no vive del petróleo sino de las deudas contraídas por PDVSA (Petróleos de Venezuela, S.A.). O sea, el régimen destruye su principal tesoro”.

A ello se suma una situación no siempre destacada: la “diversificación” de la economía venezolana. La escritora Ana Nuño no pudo ser más clara: “(…) Por no hablar del narcotráfico, principal fuente rentista de al menos uno de los cuatro bandos que hoy anidan en las Fuerzas Armadas (FANB). Tras 18 años de gobierno indiviso, el chavismo ha logrado al fin ‘diversificar’ la economía del país, aunque no para bien de los venezolanos”.

En tercer lugar, el aislacionismo internacional suele ser una”técnica de poder”. No abundan los casos: la Albania de Enver Hoxha, la Birmania de la Junta Militar, la Corea del Norte de los “líderes-dioses”, etc., por citar algunos de los lugares “más representativos”.

En general, esta preferencia internacional, el aislamiento, se funda en la existencia de un “tutor” externo preeminente, es decir, respetado por sus capacidades, que lo amparará ante amenazas de otros Estados (sin duda el caso más conocido y actual es China en relación con Corea del Norte).

En el caso de Venezuela su “garante” es un actor menor: Cuba, en gran medida co-responsable del estado actual en que se encuentra el país, pues el chavismo-madurismo ha “cubanizado” Venezuela en prácticamente todos los órdenes de la vida nacional, sobre todo, y aquí también hubo involucramiento chino, en materia militar, es decir, en los conceptos y prácticas de la guerra asimétrica.

Claro que están los garantes mayores, Rusia, China y, en menor medida, India. Pero tal vez existe una visión algo exagerada sobre el amparo que brindarían a Caracas estos tres poderes en caso de que se agrave sensiblemente la situación, es decir, ante una crisis que implique deterioro de las relaciones con Occidente.

Básicamente, estaríamos ante un escenario o umbral de injerencia por parte de Estados Unidos. Pero no hay un automatismo entre empeoramiento de la crisis e intervención. El experto alemán Günther Maihold es escéptico sobre un involucramiento directo de Washington: no hay claridad por parte del gobierno de Trump; la superpotencia ha disminuido la compra de petróleo a
Venezuela; PDVSA importa petróleo liviano de Estados Unidos, y, finalmente, la administración norteamericana conserva varios instrumentos para presionar más al régimen.

Sin duda, Rusia es el principal garante. Pero se trata de un sustento más basado en políticas de reparación estratégica de Moscú frente a Washington ante políticas anti-rusas que ha llevado Estados Unidos desde hace más de dos décadas, como así en la venta de armas; no un respaldo basado en coordenadas ideológicas y geopolíticas.

Por otra parte, la deuda económica de Venezuela con Rusia es baja, sobre todo si la comparamos con la sustancial deuda que aquel mantiene con China.

Finalmente, Venezuela no es parte del “extranjero cercano” de Rusia, como Ucrania, ni del “extranjero lejano”, como Siria, sino que es parte del “Mare Nostrum” estadounidense. No obstante, hasta el momento Moscú ha respaldado al régimen.

En cuanto a China, su interés en Venezuela se funda en lograr adquirir derechos para la explotación de recursos. Ello explica su ofrecimiento financiero y también explica la colosal deuda contraída por Caracas con el país asiático.

Pero China ha venido incrementando sus importaciones de zonas como el Golfo de Guinea, Angola, etc., y ha firmado convenios con Rusia en materia de suministro de petróleo y con Irán en materia de gas. Si bien su interés en el espacio latinoamericano ha crecido, aún no ha “plantado almacenes militares” en la región con el fin de resguardar sus inversiones.

La visión global de China se funda en una lógica centrada en los recursos y la protección de los mismos, no en una lógica que reemplace a Estados Unidos como creador de “bienes públicos internacionales”. No existe tal cosa. Como bien sostiene el hindú Pankaj Mishra, “El ascenso de Asia, y la seguridad de sí mismos de los pueblos asiáticos, consuma su rebelión contra Occidente (…) De todos modos, no existe ninguna idea convincentemente universalista a las ideas occidentales sobre política y economía. No hay un ‘Consenso de Pekín’, por ejemplo”.

En breve, China es crítica de las políticas unipolares  pero es difícil apostar a que se involucrará militarmente en Venezuela. Posiblemente lo hará como lo hizo en Libia: para evacuar a los cientos de chinos tras los hechos de 2011 a través de sus crecientes medios navales.

Finalmente, India prácticamente no se ha pronunciado ante la crisis: sus intereses están concentrados en el conflicto con Pakistán y en rentabilizar más su dinamismo tecnológico.

Sin duda, Venezuela presenta singularidades que merecen ser destacadas. Existen pocos precedentes de un país de alta viabilidad y desarrollo relativo que haya llegado a un estado de crisis estructural que, según la evolución de los hechos, podría convertir al país en el primer “Estado viable fallido”, es decir, en un actor que, a pesar de su riqueza y sus áreas potenciales de explotación, es incapaz de mantenerse “per sé” y debido al grado de externalidades negativas, por caso, migraciones descontroladas, se vuelva pasible de sufrir injerencia internacional.

Pero por ahora ello es parte del terreno de hipótesis de máxima. Quizá ante la presión incrementada internacional y una diplomacia regional más enérgica y sin vacilaciones se logre un tiempo de transición hacia un nuevo comienzo venezolano.

*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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