Europa despierta del sueño anti-geopolítico

Por Alberto Hutschenreuter*

Ante el vendaval de acontecimientos internacionales desafiantes, muchos autores han advertido sobre “el retorno de la geopolítica”. Si bien se trata de interesantes enfoques, es una advertencia tardía y, en buena medida, desacertada, pues no podría estar de regreso algo que nunca se ha ido.

En efecto, quizá la geopolítica que regresa es una geopolítica que porta nuevos temas, por caso, temas de cuño medioambiental o meteorológico, como perturbadores de las economías nacionales. Pero en términos de “geopolítica como de costumbre”, es decir, considerando centralmente el interés político de los Estados sobre el medio geográfico con fines relativos con ganancias de poder, la geopolítica nunca se fue.

Basta con echar una mirada sobre los espacios de fricción del mundo, desde Europa centro-oriental al Mar de la China, pasando por Oriente Medio, para confirmar la predominancia de la geopolítica. En todas estas “plazas”, los actores en liza realizan movimientos con el propósito de rentabilizar intereses e incrementar poder en detrimento de otros, pues en las relaciones internacionales el poder siempre implica una cuestión de orden relacional: importa en tanto se posea más que otro u otros.

Pero ello no sucede desde los últimos años. La OTAN, por caso, dejando de lado su “primera ampliación” (la unificación de Alemania), se desplazó al este de Europa en los años noventa. También por aquellos tiempos el terrorismo, un actor transnacional no estatal, comenzó a replantearse su geopolítica con el fin de perpetrar atentados “fuera de área”, es decir, a escala global y en territorios seguros.

No obstante la predominancia de la geopolítica más allá del fin del bipolarismo soviético-estadounidense, si hubo un escenario donde la geopolítica sufrió un fuerte declive y hasta fue repudiada, ese escenario fue Europa.

Por entonces, Europa había alcanzado una condición geopolítica y geoeconómica de excepción: superar los lindes del espacio nacional para marchar hacia un espacio de carácter “posnacional”, en el que con el tiempo se irían  evanesciendo las fuerzas que históricamente arrastraron a los países a la guerra.

Pero mientras hacia dentro Europa desplegó una dinámica geopolítica de fusión, hacia fuera mantuvo e incluso acrecentó su condición anti-geopolítica, es decir, no cuestionó su estatus de vasallo o actor sub-estratégico, adhiriendo así a conceptos de seguridad ajenos  e involucrándose en conflictos en los que no estaban en juego sus intereses.

En esa condición, Europa fue más allá de lo que debía ser una “OTAN geopolíticamente necesaria”, esto es, la ampliación de la Alianza a los países euro-centrales más OTAN-demandantes (Polonia, República Checa y Hungría). La extensión más allá de estos tres países implicaba aproximarse a “zonas geopolíticas delicadas”, esto es, zonas de alerta para los intereses de un actor preeminente (hay que recordar que entonces, como bien señala el experto León Aron, Rusia era débil pero regionalmente mantenía rango de super-poder).

Pero la OTAN no sólo llegó a esos espacios sensibles, sino que intentó adentrarse en las propias “líneas geopolíticas rojas” de Rusia, es decir, Estados que son “pivotes geopolíticos” por hallarse dentro de un espacio de interés mayor o vital de un actor poderoso,y, por tanto, deben sostener una calibrada “diplomacia de deferencia”, concretamente, Georgia, Ucrania, Bielorrusia.

Como consecuencia de este proceder anti-geopolítico, las relaciones de Europa con Rusia se enrarecieron, y Europa, que prácticamente había descartado de sus “Libros Blancos” de defensa la posibilidad de crisis interestatales en el continente, hoy se encuentra en un estado de crisis con un actor que si bien es económicamente  débil ha construido poder estratégico, y hasta afronta la posibilidad de choques militares en la zona del Báltico, Ucrania y el Mar Negro.

Asimismo, la crisis con Rusia está llevando a Europa a romper cada vez más vínculos con este país, situación que podría implicar para el segundo un problema en un área de dependencia del continente:la energía. De hecho, las recientes sanciones estadounidenses plantean un desafío para Alemania, país que mantiene lazos de creciente interdependencia con Rusia en ese y otros segmentos de autonomía y poder.

Por otra parte, la práctica anti-geopolítica por parte de Europa continuó cuando no solo alentó las mal denominadas “primaveras árabes”, sino que se involucró militarmente en el norte de África con fines humanitarios que en el acto los trocó por fin del régimen libio, propósito que también ha venido persiguiendo en Siria, si bien el presidente Macron (el “primer Macron”) sostuvo una posición basada en combatir al terrorismo y no al presidente sirio.

En suma, Europa se involucró en su espacio de interés, el Mediterráneo, llevando adelante una suerte de geográficamente ampliada “cuarta guerra de Cártago”, aunque no siguiendo dictados relativos con su propio interés estratégico, hecho que implicó e implica que sus dimensiones de seguridad se hayan deteriorado (inmigrantes, terrorismo, etc.) y hasta el mismo esfuerzo de integración se haya resentido.

Las recientes medidas de Estados Unidos ante Rusia parecen haber despertado a Europa del sueño anti-geopolítico y la estimulan a que vuelva a considerar su accionar externo continental y extra-continental en términos propios, es decir, definiendo qué es verdaderamente importante para sus intereses y sus ganancias de poder, cuándo es imperativo decir que no a su “socio” Atlántico y dónde no es prioritario intervenir.

Es necesario que Europa, donde nació la geopolítica, reaprenda una disciplina que, como bien advierte Kissinger, trata de intereses de los Estados, no de sus buenas intenciones.

*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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