Alemania: la potencia remisa

Por Alberto Hutschenreuter*

Es posible que en las próximas elecciones alemanas, la actual canciller, al frente de Alemania desde 2005, consiga un nuevo mandato.

Cómodos con su nivel de vida y con expectativas favorables en relación con la disminución de la ya baja tasa de desempleo (5,5 por ciento) y el incremento de los márgenes de orden y seguridad, difícilmente el electorado opte por realizar cambios en el comando político. Bueno para el país y también bueno para Europa, cuyo centro vuelve a ubicarse en Alemania, aunque sin que ello implique que Europa experimente inseguridad por ello, pues se trata de una “Alemania benigna”, como la denomina Hans Kundnani, autor del libro “La paradoja del poder alemán”.

Más allá de la amenaza del terrorismo, la complementación ha convertido a Europa en un “territorio de seguridad” en el que prácticamente se ha desvanecido la posibilidad de otra “guerra civil europea”.

Salvo algunas capillas esparcidas por el continente que continúan abordando la geopolítica en su “estado natural, esto es, interés político sobre territorios con fines relativos con el incremento del poder nacional, el tratamiento que se da a la geopolítica en Europa es en clave superadora del  Estado o del orden westfaliano, es decir, prevalece una geopolítica de fusión, no de fisión interestatal.

Más aún, la geopolítica allí ha sido “desnaturalizada”, esto es, enterrada en su componente político-territorial-poder, y renacida desde componentes nuevos y pluralizados: desde financieros hasta climáticos, pasando por demográficos, tecnológicos, etc.

La “desnaturalización de la geopolítica” o la “desgeopolitización de Europa” es mayor en Alemania, país donde nació la disciplina hace más de un siglo en un entorno de nacionalismos, militarismos y alianzas opuestas, y donde en los años treinta la disciplina acabó “secuestrada” por un régimen que la convirtió en una concepción  militar, racial, darwinista y viviente. Su práctica arrastró al continente a la guerra total, y a Alemania a la catástrofe que siempre implica la derrota militar, la rendición incondicional, la ocupación extranjera y, en este caso, la división nacional.

En verdad, como advirtió De Gaulle toda Europa fue derrotada, pues a partir de 1945 el poder internacional se resituó en otros actores del globo. Pero Europa también ganó pues en las décadas siguientes no solo creció y se desarrolló, sino que avanzó hacia un proceso de complementación que la alejó de los clásicos períodos de fragmentación, revisionismo y confrontación.

En este contexto, en el que a partir de aquel “año cero” la seguridad europea quedó a cargo del “custodio extraeuropeo”, Alemania Federal fue un caso paradigmático de vitalidad y progreso. Incluso “la otra Alemania”, bajo ocupación soviética y con una economía planificada, fue la “estrella” de los países de Europa del este que integraban el Consejo de Ayuda Mutua Económica.

Esas características de Alemania quedaron evidenciadas en la prontitud con que se unificó y complementó, si bien es cierto que en los años venideros se debió corregir la formación de una “cultura de subsidios” en la ex Alemania del este. Durante el siguiente cuarto de siglo Alemania se afirmó como el cuarto poder económico del mundo, el tercer mayor exportador y la fuerza propulsora primaria de la Unión Europea.

Hoy Alemania es una potencia institucional y económica. Y también lo es civil, puesto que aunque su presupuesto militar sea el noveno del mundo y su ejército ocupe el vigésimo octavo sitio por número de efectivos, su proyección internacional consiste básicamente en proporcionar medios humanos y materiales a misiones multinacionales, hecho sin duda altamente positivo en relación con el necesario aporte de “bienes públicos” (en este caso militares) a zonas del globo en crisis y necesitadas de asistencia.

Pero la experiencia internacional casi no ofrece datos sobre este prototipo de actores. Tal vez algo en tiempos de las ligas marítimas europeas del siglo XIII o en la China previa al siglo XIX, pero el despliegue de potencial comercial requería, tarde o temprano, amparo estratégico-militar. Y menos existen registros para un actor ubicado en Europa central, un espacio donde las “códigos de la geopolítica” siempre demandaron afirmaciones y penaron vacilaciones.

Aunque la dirigencia alemana ha realizado anuncios relativos con incrementar el número de efectivos e invertir en equipamiento militar 130.000 millones de euros en los próximos 15 años, ello difícilmente cambiará ese curioso estatus de Alemania. El pasado y el presente han creado una mixtura en la que cohabitan culpa, turbación y comodidad, que obstruyen el curso alemán hacia un estatus internacional completo, es decir, una potencia con toda la fortaleza que conserva más el rango geo-estratégico.

Una Alemania no remisa a convertirse en una potencia integral no significará un nuevo desafío para Europa; por el contrario, el abandono de la condición sub-estratégica en la que hoy se encuentra no solo favorecería los intereses alemanes, sino los de la Unión Europea. En cambio, mantenerse bajo términos de potencia remisa no solo reducirán posibilidades para el país y la UE, desde geoeconómicas hasta geopolíticas, sino que los retos a su seguridad podrían incrementarse en tanto no se gestione y promocione un guion estratégico propio.

En el pasado reciente Alemania ha dado pasos en el sentido estratégico que considere el “interés nacional primero”: en los años noventa solitariamente reconoció la independencia de Croacia, posteriormente defendió un patrón de ampliación limitado de la OTAN que no implicara un “cordón sanitaire” al inmediato oeste de Rusia (como deseaba y desea Polonia), se opuso a la intervención sin autorización de la ONU en Irak, etc.

Una Alemania no remisa al ascenso estratégico no será una “Alemania que puede decir no” a las obligaciones que implican la pertenencia al espacio atlántico-europeo, sino una Alemania más concentrada y referenciada en temas que hacen e interesan a Europa, algo que no ha estado sucediendo enteramente y que acabó arrastrando a la UE a situaciones de conflictos inesperados y hasta considerados superados hasta hace poco.

Por caso, una Alemania no remisa a ser una potencia completa difícilmente habría contribuido a crear expectativas ante una Ucrania deseosa de escapar de la esfera de influencia rusa en dirección del ámbito institucional europeo y la cobertura de seguridad atlántica. Una Alemania no remisa habría considerado la experiencia histórica y, en términos “neo-bismarckianos”, habría respetado las aprensiones geopolíticas de Rusia.

En otros términos, una Alemania no sub-estratégica habría persuadido a sus socios sobre la necesaria política o “diplomacia de deferencia” que deben observar los “Estados pivotes” situados en ese delicado “cinturón de fragmentación” que es Europa centro-oriental. Por tanto, la crisis iniciada a fines de 2013, cuya principal consecuencia fue la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia, no habría tenido lugar, y hoy esa “placa geopolítica” no sería uno de los principales sitios de acumulación militar y creciente tensión interestatal del globo.

Aunque hoy pueda ser tarde, una Alemania no remisa podría impulsar medidas para “aminorar” la situación de crisis en Europa centro-oriental, de hecho son cada vez más las voces (no solo en Alemania) que reclaman reducir (cuando no terminar) con las sanciones a Rusia, e intentar revitalizar los (hoy paralizados) sistemas de diálogo y cooperación estratégica entre Europa y Rusia.

Asimismo, por su localización una Alemania no remisa podría jugar un papel clave en relación con la configuración no solo de una “gran Europa”, sino de una “gran Eurasia”, puesto que las relaciones internacionales se encuentran en un ciclo de transición hacia una configuración en la que las relaciones (particularmente geoeconómicas y geoenergéticas) entre las diferentes grandes regiones del mundo (Occidente-Eurasia-Oriente) posiblemente se basarán en un patrón menos ideológico y “civilizacional” y más pragmático y pluricultural.

En breve, Alemania se ha convertido en una extraña potencia: un actor relevante pero remiso a asumir condiciones estratégicas. Es difícil pensar que finalmente no lo haga, a menos que (con sus socios europeos) opte por continuar siendo un actor de talla sub-estratégica, decisión que implicará no solamente continuar sacrificando intereses, sino encontrarse en el menos indicado de los lugares para un actor en la arena interestatal: enemistado y enfrentado con el actor equivocado.

Salvando distancias, así como resultaba inconcebible que Alemania permaneciera desarmada por siempre después de la Primera Guerra Mundial y se trasformara en un “importante actor agrario” centroeuropeo, hoy resulta inconcebible que Alemania se muestre remisa a completar el ciclo de todo actor que ha construido poder, y solo se limite a ser contribuyente de fuerzas en misiones internacionales y “fiscalizador monetario” de la Unión Europa.

 

*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la UBA. Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. Ha sido director del medio Equilibrium Global. Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), “La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014). Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014),  y El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).

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