Sombras de la era Brezhnev en la Rusia de Putin

Por Alberto Hutschenreuter

Nikolái Gógol decía que “Rusia no da respuestas sobre su futuro”. Pues bien, los expertos intentan ofrecerlas y están divididos sobre el curso que podría tomar el país en los próximos años. Joseph Nye advierte que Rusia es un país débil debido a sus estructuras económicas vetustas; por su parte, Jacques Lévesque afirma que Rusia es fuerte y por ello se afianza en el orden entre Estados.

Más allá de las posiciones encontradas, una proyección de la situación del país en base a la realidad económica actual arrojaría resultados preocupantes, que de no ser revertidos podrían llevar a Rusia a una era de estancamiento y retroceso. Según algunas prospectivas, para el 2030 Rusia retrocedería al decimoquinto lugar en el mundo en cuanto a la preponderancia de la economía.

En buena medida, ello dependerá de la capacidad del gobierno para superar un “viejo conocido” de la economía nacional soviética: la baja productividad; una cuestión que para el especialista Vladimir Kontorovich fue la causa central (“the fallacy”) del derrumbamiento de la Unión Soviética.

Los problemas de productividad comenzaron en los años cincuenta y se acentuaron durante el largo período de liderazgo colegiado encabezado por Brezhnev, al punto de que en 1980, a casi dos décadas de la llegada de este dirigente al poder, la economía soviética registró crecimiento cero, según lo documentó Abel Agambegyan, un influyente estudioso de los aprietos económicos de entonces.

No es casual que la cuestión relativa con la baja productividad laboral en Rusia haya estado presente en discursos oficiales recientes en los que se destaca la necesidad estratégica de aumentar la productividad, para lo cual es necesaria la innovación, es decir, la puesta en marcha de una era de modernización que diversifique la economía rusa.

La modernización no es un tema nuevo en Rusia como tampoco lo es su postergación cuando el precio de las materias primas que el país exporta se mantiene alto. Durante la primera década del siglo XXI el precio de los metales, el petróleo y el gas, es decir, los principales productos de exportación de Rusia, se encontraban en un alto nivel, de modo que la necesidad de modernización, una vez más, fue dejada de lado.

Lo mismo sucedió durante los años setenta: como muy bien lo destaca el especialista argentino Mariano Caucino en su obra “La Rusia de Putin. Mito y realidad del liderazgo post-soviético”, el boom petrolero de aquellos años llenó las arcas rusas e impulsó al Kremlin a expandirse por el mundo; entonces, la falta de modernización acabó siendo crítica cuando hacia mediados de los años ochenta el precio del crudo cayó.

Cabe preguntarse, por tanto, si hoy Rusia no se encontraría “ad portas” de una situación similar que la debilite peligrosamente durante la próxima década.

Incluso hay otro paralelismo entre aquellos años de estancamiento y la realidad actual de Rusia. Entonces, la situación económica se agravó porque el gobierno de Reagan incrementó los gastos de mantención del imperio global soviético apoyando a los movimientos que combatían a este imperio en África y Afganistán.

Hoy Rusia no está expandida como la Unión Soviética de los años setenta ni su visión del mundo es ideológicamente una visión de “suma cero”, pero el nivel de acumulación militar que exige la cercanía de la OTAN y el despliegue del escudo antimisilístico por parte de Occidente, como así los programas de modernización del segmento militar ruso para el 2020, podrían menoscabar los propósitos del Kremlin en relación con incrementar las inversiones en las “áreas no militares” de la economía rusa, esto es, aquel “sector B” de la economía, crítico para las demandas de los ciudadanos: salud, educación, alimentación, etc.

Esta situación podría colocar a la Rusia de Putin en una situación similar a la que se encontró  la URSS de Brezhnev a fines de los años setenta, situación que el especialista Seweryn Bialer denominó “la paradoja soviética: expansión externa, declinación interna”. Es cierto que hoy Rusia proyecta poder hacia espacios próximos a su territorio (y vitales para sus intereses) y ampara a su tradicional estado cliente de Oriente Medio, Siria; pero no sostiene un programa de expansión a escala global (lo que no quiere decir que despliegue “políticas de reparación estratégica” ante Occidente en algunos puntos del mundo).

Nos referimos antes a la baja productividad como una de las dificultades de la economía rusa; pero hay otras realidades que suman preocupación, por caso, la notable fuga de divisas del país, los problemas (eternos) en el sector de la agricultura, el bajo crecimiento (en 2015 la economía entró en recesión), el déficit presupuestario, las insuficiencias tecnológicas, las consecuencias de las sanciones internacionales, el alcoholismo, etc.

Finalmente, un tema que hoy no es visto como tal en Rusia pero que puede convertirse en un problema para el país: el inmovilismo político, que no solo significa que el actual liderazgo ruso opte por quedarse en el poder más allá de 2024 (pues casi se descarta que Putin se presentará en 2018 y será otra vez reelegido), opción que implicaría el liderazgo político más largo desde el siglo XX, sino la marcha hacia aquello que generalmente acaba acompañando al inmovilismo político: el estancamiento económico estructural, precisamente lo que le sucedió a la URSS tras casi 20 años bajo el  liderazgo colegiado encabezado por Brezhnev.

En suma, muchos rusos de hoy mantienen un recuerdo favorable de los años de Brezhnev. Sin embargo, son pocos los que saben que la falta de modernización durante las casi dos décadas de liderazgo, durante las cuales la URSS fue reconocida como megapoder equivalente por los Estados Unidos y alcanzó una notable cota de expansión global (de allí que  Hélène Carrère d’Encausse denominara al líder soviético “Brezhnev el africano”), condenó al país a la imposibilidad de competir con Occidente.

Durante la primera década del siglo XXI Rusia no solo reconcentró el poder en la figura de un presidente joven y “domesticó” a “los hombres de dinero que controlaron a los políticos con poder” durante los años noventa, sino que se ordenó hacia dentro y logró desplegar políticas de poder en su “vecindad cercana”. Pero ello, en buena medida, fue posible gracias al muy buen precio de sus activos estratégicos.

Durante la actual década reaparecieron algunos viejos vicios de la economía como así otras cuestiones que no colocan a Rusia en un curso hacia la declinación, pero abren interrogantes inquietantes. Por ello, quizá es pertinente echar una mirada a los 25 años que precedieron al fin de la URSS para corregir direcciones que podrían llevar a Rusia a ser lo que fue la URSS: una superpotencia incompleta, es decir, un actor centralmente estratégico-militar pero insuficiente en las otras dimensiones y columnas del poder nacional.

editada

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Recientemente fue publicado su último trabajo, “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, Ed. Almaluz, escrito con el Dr. Carlos Fernández Pardo.

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