Alemania y Rusia: consideraciones a 72 años del fin de la Segunda Guerra Mundial

Por Alberto Hutschenreuter

Hace 72 años terminó la Segunda Guerra Mundial, la guerra total más devastadora de la historia: 50 millones de personas perdieron la vida entre 1939 y 1945, aunque el número es mayor si consideramos que China y Japón se encontraban en guerra desde 1931. Ello explica, dato no siempre registrado, que el país que más hombres perdió después de la Unión Soviética (24 millones) haya sido China (13 millones).

Esta “visión larga de la IIGM” comenzó a ser más apreciada después del final de la Guerra Fría; asimismo, el panorama y el conocimiento de la guerra en Europa se amplió sensiblemente cuando se publicaron nuevos textos y documentos sobre la “guerra de exterminio”, como bien la denominó Laurence Rees, que sumió en el mismo infierno a alemanes y soviéticos entre junio de 1941 y mayo de 1945.

Las guerras mundiales enfrentaron a alemanes y rusos, pero más allá del sustrato de aborrecimiento que tuvo ese choque, la historia entre ambos países desde el siglo XVIII, cuando Rusia y Prusia construyeron vínculos cada vez más estrechos, fue una historia de aproximación. Incluso cuando más tarde Napoleón marchó hacia el este, muchos prusianos no solo rechazaron sumarse a la Grande Armée, sino que cientos de ellos pasaron a combatir para la Rusia del zar Alejandro I, entre ellos, Karl von Clausewitz, que escribió una notable obra a partir de aquella experiencia de guerra (“La campaña de 1812 en Rusia”).

La naturaleza de la aproximación quedó muy bien registrada en las palabras de un especialista: hasta la Primera Guerra Mundial todos los conflictos bélicos de Prusia fueron contra Europa y casi siempre contando con Rusia como aliada o con al menos la garantía de que no sería agredida por la espalda mientras sus ejércitos peleaban en Occidente.

Pero fue acaso el canciller Bismarck, con una Alemania ya unificada, el que mejor comprendió la importancia de la asociación, cuando sostuvo que la “clave de bóveda de la política mundial era mantener buenas relaciones con Rusia”

Después de la IGM, la Alemania post imperial y la Rusia del “soviet”, los parias del orden interestatal de Versalles, crearon su propio orden regresando juntas a partir de su resuelto encuentro en Rapallo (1922), el acuerdo comercial de mediados de los años veinte y, finalmente, el pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939.

La derrota total de Alemania en 1945 implicó la ocupación y la división del país, según los “códigos” del nuevo régimen interestatal bipolar rígido. En esa situación permaneció por décadas, si bien la relación con la URSS transitó ciclos de alejamiento, cuando Alemania fue atlantista (durante los años cincuenta y parte de los sesenta), y acercamiento, en tiempos de “Ostpolitik” (durante los años setenta).

El fin de la Guerra fría y la descomposición del espacio geopolítico-ideológico del bloque del este favoreció la unidad de Alemania; y, a partir de allí, las relaciones con la Federación Rusa transitaron diferentes fases de aproximación, llegándose hacia fines de la década del noventa y los primeros años del nuevo siglo a conformarse una relación de concordancia estratégica.

Si bien es cierto que con el canciller Schroeder la asociación ruso-alemana alcanzó niveles casi sin precedentes, durante los años de la “primera Merkel” Alemania mantuvo posiciones de convergencia económica-energética y estratégica con Moscú, por caso, en 2008 el comercio bilateral alcanzó una cifra récord y Rusia se convirtió en el principal socio comercial del este de Europa; por otra parte, en la cumbre de la OTAN en Bucarest ese mismo año, Alemania (con Francia) rechazó conceder a Georgia y a Ucrania el estatus de candidatos a la organización política-militar. Más aún, antes Alemania no simpatizó con el proyecto báltico-polaco de creación de una “Eastern Partnership” con los países fronterizos con Rusia, un nuevo intento de llevar a cabo la vieja idea polaca de un “cordon sanitaire” que aislara a Rusia.

Pero posteriormente, sobre todo a partir de los acontecimientos en Ucrania-Crimea (2013-2014), apareció una “Merkel II” más firme ante la Rusia de Putin. Si bien un poco antes la dirigente germana se había mostrado crítica con el “estilo político Putin”, fueron el conflicto de Ucrania y la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia los hechos que produjeron cambios en Berlín.

La política de sanciones a Rusia impulsada por Occidente  produjo fuerte impacto en la relación ruso-alemana: en 2015 el comercio bilateral se redujo más de un 35 por ciento (en 2013 el comercio entre los dos países había ascendido a más de 104 mil millones de dólares), siendo el sector automotor uno de los más afectados para Alemania.

De modo que el conflicto en Ucrania interrumpió el curso ascendente de la relación entre los dos países, y hoy la misma se encuentra afectada en las cuatro dimensiones que la vitalizan: la geopolítica, la energía, el comercio y la tecnología.

Si bien es cierto que en algunas de esas dimensiones la cooperación entre Alemania y Rusia continúa, particularmente en materia de suministro de energía “de territorio ruso a territorio alemán” vía el gasoducto “Nord Stream” y el proyectado “Nord Stream II”, cabe preguntarse si coadyuva a los intereses de Alemania (y también de la UE) el hecho que la OTAN persista en su “Drang nach Osten”, es decir, en su empuje hacia el este, agitando peligrosamente las líneas geopolíticas rojas de Rusia y separando una vez más Europa de este país.

Para algunos expertos como Hans Kundnani, Alemania podría encontrarse en una situación de “saturación estratégica” como consecuencia de “verse rodeada” por aliados de la OTAN y de la UE (en la que también siente una “saturación interna” por tener que “salvar” a socios en permanentes problemas) que restringen sus potencialidades geoeconómicas y geopolíticas.

Frente a esta situación, hay voces en Alemania que sostienen que un nuevo liderazgo alemán debería considerar desplegar una política de cuño “neobismarckiano”, es decir, no una Realpolitik pues el escenario dista de aquel tiempo y por otra parte nadie lo toleraría, pero sí asumir una postura más centrada en la defensa de sus intereses, para lo cual la mantención de una buena relación con Rusia es vital.

En breve, el mundo se encuentra en un ciclo de transición y en este ciclo el espacio euro-atlántico ha perdido centralidad; por tanto, es necesario pensar en puentes estratégicos entre grandes espacios. Desde esta perspectiva, continuar actuando con “reflejos del pasado” de cara a una futura configuración internacional, en la que será fundamental una Europa soberana y libre de toda condición de vasallaje estratégico, podría no solo ser inconveniente, sino comprometedor.

editada

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Recientemente fue publicado su último trabajo, “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, Ed. Almaluz, escrito con el Dr. Carlos Fernández Pardo.

Fuente:

Revista Mundo Plural. Editorial Almaluz.

https://www.yumpu.com/es/document/fullscreen/58523498/revista-mundo-plural-nro-9

 

Artículos relacionados