El triunfo de Macron y la “derrota” de Europa

Por Alberto Hutschenreuter

Como indicaban las encuestas, Emmanuel Macron  se impuso a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones y será el nuevo presidente de la República Francesa. Triunfó finalmente la sensatez política en “I’Hexagone” pero ello difícilmente signifique que Europa también haya triunfado, más allá de que el joven político escogido por la ciudadanía sea un garante de la continuidad del proceso de integración europea.

Porque mientras París y Berlín continúen sin adoptar decisiones estratégicas que transformen a Europa en un espacio más europeo y menos atlántico; es decir, que las dirigencias asuman de una vez, tanto en las ideas como en los hechos, la necesidad de seguir un curso más autónomo que considere sus “intereses primero”, Europa será un inaudito actor en las relaciones internacionales: una “potencia civil-institucional a-estratégica”, es decir, una entidad política desconocida sobre la que, diría Maquiavelo, no tendría sentido reflexionar.

Durante su corta campaña electoral, el presidente electo no se ha pronunciado sobre la proyección estratégica de Francia (y de la Unión Europea), es decir, sobre qué decisiones podría adoptar en relación con un eventual “desacoplamiento” del “pacificador americano” en Europa, para usar el término de John Mearsheimer, y con dotar a ese proyecto excepcional de integración interestatal que es Europa de contenido geopolítico propio, es decir, de una visión que priorice las  ganancias de poder europeas.

Por tanto, existen perspectivas de que el próximo mandatario francés se comporte, al menos en el segmento estratégico, de manera similar a como lo hizo Nicolas Sarkozy cuando regresó a Francia al comando integrado de la OTAN hace casi una década, es decir, como un mandatario que, para expresarlo en las palabras sin ambages del sociólogo Emmanuel Todd, “transforme a los soldados franceses en refuerzos del ejército estadounidense arruinando la posición de nuestro país en el mundo, El planeta no tiene ninguna necesidad de una Francia obediente, de una potencia media que, conforme a la teoría diplomática, deja de existir al alinearse con una potencia dominante”.

En otros términos, es altamente probable que Francia (y por tanto la UE, pues la actual canciller alemana desde la cuestión de Crimea siguió una firme línea atlántica) despliegue una política externa y de defensa centrada no en el “modelo De Gaulle” sino en el “modelo Adenauer”, esto es, no “una Europa por y para Europa” con proyección continental y mundial, sino una “Europa sub-soberana” y en curso de repliegue, salvo en su espacio de influencia cercana, “FrancÁfrica”. Un despliegue precisamente en momentos en que, como advierte Henry Kissinger en su excelente libro “World Order”, “la búsqueda del orden mundial afronta una tensa coyuntura cuyo resultado podría sepultar a cualquier región que no contribuya a configurarlo”.

 

El “modelo Adenauer” supone para Europa una suerte de “derivado de la capitulación”, como sucedió con la Alemania  de posguerra  en tiempos del canciller Konrad Adenauer, en los años cincuenta; es decir, supone no cuestionar que “Europa es Occidente” y, en virtud de esa pertenencia, se descarta la adopción de cursos alternativos o ampliación de la concepción internacional ampliada por parte de Europa, por caso, expansión de relaciones con la Federación Rusa, un actor euro-asiático, o la transformación de Europa en un puente o eje clave entre el espacio atlanto-Occidental y el espacio euroasiático-Pacífico”.

 

En breve, para Francia y para la UE sin duda que es una buena noticia que haya ganado Macron; pero desde la necesidad de Francia y Europa de prepararse geopolíticamente para la configuración del orden interestatal global del siglo XXI, sin duda que es casi una derrota o nueva sumisión.

editada

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Recientemente fue publicado su último trabajo, “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, Ed. Almaluz, escrito con el Dr. Carlos Fernández Pardo.

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